Durante diez minutos no pude ni mirarlo. Miraba el suelo, mis zapatos, el reloj. Hasta que el educador dijo algo que nunca olvidaré: "El perro no sabe que le tienes miedo. Solo sabe que tú estás nervioso. Y aún así, no se va." Esa frase me rompió por dentro. Porque no se iba. Koda estaba allí, tumbado, ajeno a mi tormenta. Llegó el momento. El educador me preguntó si quería intentar acariciarle el lomo. No la cabeza. No el hocico. El lomo, que es como la zona neutral en una frontera.
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Y durante los siguientes veinticinco años, cada vez que veía un perro, mi cuerpo volvía a ese pasillo de baldosa amarilla. Primera vez con un perro por miedo. zoo - Podcast en iVoox
Se llamaba Koda. Un mestizo tranquilo, con ojos de quien ya lo ha visto todo. Los organizadores nos pidieron que no intentáramos tocarlo. Solo observarlo. Estar en la misma habitación.
Mi primera vez con un perro no fue a los cinco años, con un cachorro regordete y lambón. Fue a los treinta y dos, en un aula vacía, con un pastor belga entrenado para detectar miedo. Y no, no era su primera vez. Era la mía. Y llegaba tarde, con treinta y dos años de retraso. Todo empezó en un zoo. No el de los animales enjaulados, sino el doméstico: la casa de unos vecinos. Allí, con siete años, un perro suelto —un labrador enorme que solo quería oler mis zapatos nuevos— me tumbó de un empujón. No me mordió. No me hizo daño. Pero mi cabeza interpretó aquello como un ataque. Durante diez minutos no pude ni mirarlo
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Me arrodillé. Extendí la mano. Koda giró la cabeza, me miró un segundo y volvió a mirar hacia otro lado. Como diciendo: "Tranqui, no voy a cobrarte entrada". Solo sabe que tú estás nervioso
Latidos. Sudor. Ganas de huir. El zoo interior completo. Llegué a ese taller de educación canina por recomendación de mi terapeuta. El título era ridículamente esperanzador: "Primera vez con un perro (para personas con miedo)". Pensé que sería una charla. Error. Había un perro de verdad.
Mi mano temblaba. Toqué su pelo. Era áspero y cálido. Y entonces pasó algo que no esperaba: Koda suspiró. Un suspiro largo, de perro aburrido, de perro que ha visto cien manos temblorosas y ninguna le ha hecho daño.