Mateo se estremeció. Siempre había borrado la palabra "ira" de sus apuntes.
Esa noche, el pueblo no escuchó un sermón sobre "autoayuda". Escuchó a un hombre roto que gritaba con lágrimas: —¡Los atributos de Dios no son teología fría! ¡Son el fuego que quema el orgullo y la única roca donde el pecador puede esconderse!
Mateo cayó de rodillas. Por primera vez, no predicó un sermón, sino que confesó: —Señor, Tú eres santo, y yo un mendigo. Tú eres soberano, y yo una hoja arrastrada. Tú eres justo, merezco el infierno. Pero Tú eres amor... y me diste a Cristo.
—Ahora viene lo aterrador —susurró Eliseo—. El amor de Dios no es un sentimiento débil. Es un fuego que consumió a Su propio Hijo en la cruz para salvarte. No te ama porque seas valioso; eres un gusano redimido por un precio infinito. Su amor te persigue no para darte una vida cómoda, sino para volverte santo. Como dijo Washer: "Si Dios te ama, te quebrantará". los atributos de dios paul washer en espanol
Eliseo continuó: —Él hace todo según Su voluntad. No hay un átomo fuera de Su control. Job perdió a sus hijos y el anciano le dijo: "El Señor dio, el Señor quitó". No fue el azar, ni el diablo a solas. Fue Dios soberano incluso en el dolor. ¿Predicas tú un Dios que sufre derrotas? Porque el Dios de Washer dice: "Nadie detiene Su mano, ni le pregunta: ¿Qué haces?".
—Dice Isaías: "Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos". Los serafines cubren su rostro. No es una cualidad más; es el fuego en el que arde Su esencia. Si pudieras ver solo un destello de Su pureza, caerías como muerto, como cayó Juan en Patmos. Tu pecado, Mateo, no es un error; es lepra delante de un cirujano que no puede tocar la impureza.
En un pueblo remoto, conoció a un anciano llamado Eliseo. El viejo no decía mucho, pero al anochecer, mientras la lluvia azotaba el techo de zinc, Eliseo encendió una vela y le preguntó: —Mateo, ¿a quién predicas? ¿A un Dios hecho a tu medida, o al Dios que devora montañas? Mateo se estremeció
Al amanecer, la tormenta cesó. Eliseo llevó a Mateo a un lago helado. —Mírate —le dijo. Mateo vio su reflejo: un hombre ambicioso, lleno de sermones vacíos. —Ese eres tú —dijo el anciano—. Y solo el Dios santo, soberano, justo y amoroso puede romper ese espejo de vanidad y darte un corazón nuevo.
Mateo comenzó a llorar. Su evangelio era un espejismo: un Dios abuelo, un Cristo sirviente, un Espíritu que solo da emociones.
Había una vez un joven predicador llamado Mateo que viajaba a las montañas de los Andes. Llevaba consigo una Biblia gastada y un corazón lleno de sermones sobre el "amor propio" y el "propósito personal". Creía que Dios existía para hacerlo feliz. Escuchó a un hombre roto que gritaba con
Mateo recordó sus sermones sobre "cómo vencer a tus enemigos". Nunca habló de un Dios que permite tormentas para aplastar nuestro orgullo.
Mateo frunció el ceño. Eliseo tomó su Biblia y leyó en voz alta, como quien revela un abismo:
La vela parpadeó. Eliseo bajó la voz: —La ira de Dios no es un berrinche, sino su juicio perfecto contra el mal. Romanos 1:18 dice que se revela desde el cielo. El mismo Jesús que dijo "ama a tu prójimo" también ató un látigo y volcó mesas. La cruz no fue un accidente; fue la demanda de la justicia: el Justo muriendo por los injustos. Si ignoras la ira, no entiendes la gracia.
Y así, Mateo entendió lo que Paul Washer enseña: No puedes conocer la gracia sin conocer la santidad. No puedes amar a Dios sin temerle.