—El libro de la biblioteca decía: "Donde el reloj da trece campanadas, el corazón del conde duerme en un cofre de ébano" —respondió Sofía, revisando un mapa amarillento. Era su plan: robar el legendario Corazón de Ébano, una joya que, según los rumores, concedía un deseo a quien la poseyera. Ellos querían salvar el pequeño hospital de Vallefrío, que iban a cerrar por falta de dinero.
Tres meses después, el hospital reabrió. En la puerta principal pusieron una placa que decía: "En memoria de Elara, y en honor a dos pequeños intrusos que entraron en un castillo y encontraron un corazón que aún latía".
—¿Quién anda ahí?
—Somos... intrusos —dijo Leo, con la honestidad de quien no sabe mentir.
El conde envejeció diez años ante sus ojos. Dejó caer el bastón y se sentó en un escalón de mármol roto.
Llevó a los niños a la torre del reloj. En lugar de un cofre, encontraron un viejo baúl lleno de planos, cartas y una libreta con el título: Proyecto Nuevo Hospital de Vallefrío .
El conde levantó la mano temblorosa.
—¿Intrusos? Hacía veinte años que nadie se molestaba en entrar aquí. ¿Qué buscan? ¿Tesoros? ¿Fantasmas?
—¿Y si lo abrimos de nuevo? —propuso Leo—. Usted tiene dinero, nosotros tenemos manos y ganas. Podríamos...
—El Corazón de Ébano —respondió Sofía, desafiante—. Para salvar el hospital.
El conde soltó una carcajada seca.